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Jaume Pòrtulas

LA MUERTE Y EL BIBLIOTECARIO

Los últimos tiempos en la vida de Demetrio, hijo de Fanóstrato, nacido en Falero (el antiguo puerto de Atenas, tranquilo y somnoliento, tan cercano, y tan distinto, del ruidoso Pireo) fueron como los de tantos hombres mucho menos importantes que él --incluso como los de tanta gente oscura. Tiempos de nostalgia y de rencor, un rencor sordo que a veces se le clavaba como un cuchillo. Fueron, sobre todo, tiempos de aburrimiento. Lo que no puede decirse, por suerte para Demetrio, es que fuesen muy largos --una larga decadencia esperando a la muerte, remolona. Tampoco fueron envilecidos por las repugnantes chacras de la vejez, ni por aquella pobreza que a Demetrio, desde su lejana juventud de adolescente ambicioso, le había asustado siempre tanto. Pero desde su caída en desgracia, y desde que el rey Ptolomeo -el segundo de tal nombre, Ptolomeo nieto del comandante Lagos, un oscuro oficial macedonio; Ptolomeo, a quién la adulación de los alejandrinos denominaba “el Filadelfo” porque se había casado con su propia hermana, un asqueroso incesto a la egipcia, indecoroso para un griego, inconveniente incluso para un potentado macedonio que conservase el juicio- desde que Ptolomeo II, pues, le había echado de Alejandría, Demetrio de Falero se consumía de rencor y aburrimiento. El rey Ptolomeo le había expulsado de Alejandría, del fastuoso palacio aún en construcción, del Museo inacabado, con la incipiente biblioteca que Demetrio mismo había contribuido a reunir y a organizar, gracias a sus conocimientos adquiridos en el Liceo de Atenas, y al savoir faire que había aprendido junto a Teofrasto y el viejo Aristóteles... Según las vagas informaciones que de ello nos han llegado (informaciones de gente con poco o ningún conocimiento de lugares ni de hechos; pero eso no les privaba de afectar una exactitud ficticia e ilusoria), el rey Ptolomeo ordenó conducir al erudito bibliotecario y consejero en desgracia hasta el distrito de Busiris. Allí le instaló, vigilado de cerca, en una casa de campo no muy lejos de un villorrio insignificante (cuanto menos, eso pensaba Demetrio) que la gente del lugar llamaba “Villa de Amón”, y que los pocos griegos lo bastante desventurados como para ir a parar allí rebautizaron pomposamente como “Dióspolis”. Semireclinado en el porche de aquel caserío, Demetrio podía contemplar el ancho río que le cerraba la perspectiva, los fértiles cultivos, los delgados y renegridos campesinos egipcios que trabajaban incansablemente --tal y como habían hecho desde antes de la llegada de griegos y persas, macedonios y judíos; antes, incluso, de que los faraones levantaran pirámides y otros cachivaches de piedra. Desde su porche, Demetrio podía contemplar todo aquel movimiento y, al mismo tiempo, abandonarse al desaliento --aquel estado de ánimo sordamente doloroso que se denomina athumia, un estado de ánimo que los poetas ya habían descrito en harta ocasión, y que también sería objeto de los análisis de filósofos y pensadores. El desaliento, que a veces atrapa a los héroes trágicos o a los dinastas de las historias, es un estado peligroso y funesto: más de una vez ha desembocado en el suicidio.

Pero Demetrio de Falero no era un héroe de tragedia, ni tampoco un dinasta lidio o persa, si no un griego de Atenas. Había tenido una existencia variada, azarosa, llena de altibajos; una existencia que ahora, semireclinado en el porche de aquel caserío nilótico, podía recordar largamente, si le apetecía. Podía recordar su infancia y adolescencia, en una familia sin muchos recursos, que iba tirando de mil maneras, siempre cerca de las aguas mansas de la bahía de Falero. Años más tarde, cuando él y su hermano Himereo entraron en política, cuando se adentraron de veras en la vida tempestuosa de Atenas -escándalos y asambleas, votaciones y conjuras, ciudades hostiles y reyes enemigos; y, últimamente, cambios de régimen y ejecuciones sumarias; y la guerra, siempre la guerra- la maledicencia popular les adjudicó a ambos un turbio origen de esclavos. Maledicencias tópicas y de poca importancia, que todo el mundo sabía carentes de base, y que nadie se tomaba en serio. Mucha más mala baba tenía la insinuación de un autor de comedias, en lo referente a que el Demetrio adolescente había merecido las atenciones de cierto demagogo, famoso por su habilidad en la valoración de los méritos de los zagales que algún día llegarían lejos. A Demetrio, estas calumnias -porque eran falsas; ¿quién podía saberlo mejor que él?- no le daban ni frío ni calor. Era lo suficientemente ateniense como para saber que los autores de comedias, desde los tiempos del viejo Aristófanes, se habían aficionado a aquel chiste estúpido que decía que la mejor manera de entrar en política era dejarse sodomizar por el líder de un partido, por un general, o por un demagogo. Además de ser falsas aquellas insinuaciones, a Demetrio tampoco le había faltado la oportunidad de compensarlas, cuando le llegó, también a él, su momento de gloria. Otro autor de comedias explicó (y la broma circuló muchísimo) que, cuando Demetrio, ascendido por sus patrones macedonios a gobernador de Atenas, después de aquellos pesados banquetes en el Pritaneo, con unas compañías que no podrían denominarse precisamente como políticas... cuando Demetrio, pues, salía a pasear, para tomar el aire y hacer la digestión, los efebos atenienses de ojos tiernos se empujaban unos a otros a lo largo de su trayecto, por la Vía de los Trípodes, para dejarse ver, para llamarle la atención. Eso tampoco era cierto; y además, pensaba Demetrio, que tenía un efebo fijo, el bello Diognis, y tres o cuatro concubinas ocasionales, él no hubiese podido dar para tanto. Pero resultaba agradable (al menos en cierto sentido) que aquellas imputaciones grandiosas compensasen las escuálidas calumnias de sus inicios.

La verdadera iniciación de Demetrio en la política no fue por la vía horizontal, si no gracias al asunto de Hárpalo y su tesoro, robado al rey Alejandro. Demetrio no pudo jugar un papel importante, en aquella sucesión de escándalos; todavía era relativamente joven y, en definitiva, un don nadie. Lo que sí era, en aquel momento -ahora, en su soledad nilótica, lo recordaba con nostalgia- era uno de aquellos jovenzuelos atenienses seducidos por el prestigio del Liceo, aquel centro de estudios superiores tan brillante e innovador, fundado hacía poco por el gran Aristóteles. Los jóvenes (de Atenas y de otros lugares) que frecuentaban el Liceo, adquirían un excelente barniz de filosofía; y mucho más que un barniz. Demetrio mismo se vanagloriaba a menudo de su sólida formación filosófica; consagró a las Musas todo el ocio que su agitada vida le permitió, e incluso ahora, en plena vejez, cuando se encogía de hombros a propósito de las habladurías sobre su antigua vida sexual, no dejaba de indignarse contra aquellos que le tildaban de “político entre los filósofos, filósofo entre los políticos”. Por otra parte, en el Liceo no se aprendía sólo filosofía. En aquel centro de Altos Estudios, subvencionada de una u otra manera por el oro de los macedonios -o al menos, eso era lo que creía firmemente la opinión pública ateniense-, era general la convicción que la ideología de la ciudad resultaba obsoleta, y que los nuevos tiempos reclamaban políticas nuevas. Entre el ateniense corriente, celoso de los privilegios que le garantizaba la democracia, y la institución fundada por Aristóteles -un meteco, hijo del médico de la corte de Pela, y tío de un próximo colaborador de Alejandro- no podía haber corriente de simpatía alguno.

En lo referente a los escándalos de Hárpalo y su oro, Demetrio fue un observador apasionado; y obtuvo de ello abundantes lecciones para el futuro. La presencia en la ciudad de un gran personaje de la corte de Alejandro, y el espejeo formidable del tesoro que se había llevado de Babilonia, tuvieron un impacto sensacional en la vida pública ateniense, de natural ya tan inquieto. ¿Qué debía hacerse con ese huésped incómodo, reclamado por todos los grandes de la tierra, y fabulosamente rico? Antes incluso que las complicaciones internacionales del asunto se hicieran obvias, la mitad de oradores y políticos atenienses, desde el intrigante Demades hasta el aparentemente inexpugnable Demóstenes, ya se habían dejado corromper. Las consecuencias fueron las normales en estos casos: bastantes procesos, algunas condenas, exilios, unos cuantos asesinatos --entre ellos, el del mismísimo Hárpalo, refugiado en Creta, y que nadie lamentó; y la volatilización de buena parte del tesoro, algo que sí deploraron muchos.

Los años siguientes fueron vertiginosos. Si ahora Demetrio, exiliado y viejo, debía hacer un cierto esfuerzo para recuperar muchos detalles, el recuerdo del derramamiento de sangre, de la sarta de muertes violentas, de las atrocidades y torturas, permanecía intacto en su memoria. La muerte de Alejandro en Babilonia no había dejado tan solo una carroña enorme (tal como dijo el imbécil y zafio Demades), capaz de apestar toda la tierra; también hizo nacer en muchos atenienses la esperanza de sacudirse el yugo de Antípatro, aquel soldado rudo y brutal que Alejandro había dejado tras de si, como lugarteniente general y virrey de Grecia. Esta esperanza de librarse del yugo macedonio fue considerara por Demetrio, desde el primer momento, como loca y absurda. Y en efecto, para Atenas la guerra contra Antípatro resultó muy dura. En un primer momento, incluso llegó a parecer que los atenienses y sus aliados podían ser capaces de ganarla; a la hora de la verdad, sin embargo, el viejo general, después de recibir refuerzos de Asia, consiguió aplastarles. Las condiciones de paz resultaron todavía más onerosas; y vinieron acompañadas de una represión brutal, durante la cual muchos atenienses exhibieron un gran celo por la causa macedonia. En sus años de vejez, Demetrio, aunque sabía perfectamente que él también dejaría la dudosa fama de haber sido un colaboracionista, no podía impedir sentir asco, indignación y enojo al oír los relatos sobre el suicidio del viejo y acorralado Demóstenes, en Calauria, en pleno santuario de Poseidón, mascando su cálamo (¿era cierto que había ocultado allí un veneno, o se trataba del famoso veneno de su escritura?); o sobre la lengua cortada de Hipérides --cortada por Antípatro, decían los amigos de la truculencia, mientras el pobre viejo Hipérides aún estaba vivo. El recuerdo más doloroso era el de su hermano Himereo. Más imprudente que Demetrio, Himereo había escuchado el canto de las sirenas patrióticas, y se había sumado a él (¡también quería hacer de político!) Condenado a muerte por los atenienses después de la derrota, fugitivo, Himereo fue perseguido por Arquias, un mercenario a sueldo de Antípatro --un forastero que en su juventud había sido un actor de tragedias mediocre. Los atenienses acabaron llamándole “el Cazarecompensas”. Él atrapó a Himereo (y a unos cuantos más, bastante significados) en un callejón sin salida, en Egina. Fueron ejecutados en Cleonas, dónde por entonces residía Antípatro. Cuando ahora, desde el reposo y aburrimiento de su retiro cerca del Nilo, Demetrio evocaba aquellos tiempos, el odio y el desprecio más apasionados no los dirigía contra quienes, pocos años después, fueron sus propios enemigos, los que terminaron por echarle de Atenas. Estos cumplieron con su cometido, con lo que se esperaba de ellos; lo hicieron, incluso, con cierta gentileza. El verdadero odio y desprecio los dirigía contra los de antes; contra los entrometidos que habían pactado y ordeñado la paz, la inevitable y vergonzosa paz, con el virrey Antípatro. El desvergonzado Demades, por ejemplo, aquel defensor entusiasta de la guerra. Partió con el ejército, incluso fue hecho prisionero en el campo de batalla --de una manera muy poco heroica, según tenía entendido Demetrio. Poco después, Demades en persona abría las conversaciones de paz con Antípatro. Y no se contentó con esto; también se atrevió a proponer a la asamblea de los atenienses los decretos de proscripción y muerte contra Hipérides y Demóstenes. Claro está que tanta alevosía tampoco le reportó un gran provecho. Fue el hombre del momento; pero en seguida le desbancó Foción. Demades continuó con su doble o triple juego. Quiso jugar contra Antípatro la dudosa carta de Pérdicas, el generalísimo del difunto Alejandro. Como regente, Pérdicas se esforzaba, desde la lejana Babilonia, por mantener un poco controlado el avispero que era aquel enorme e improvisado Imperio. Una carta de Demades a Pérdicas (una carta que contenía insultos tan groseros como ingeniosos contra Antípatro; la última cosa que perdía un orador ateniense era su lengua afilada, a menos que se la cortaran) fue interceptada en mal momento, precisamente cuando Demades se encontraba como embajador en la corte del mismísimo Antípatro. El hijo de Antípatro, el general Casandro (que muy pronto sería el gran valedor de Demetrio, quién, sin embargo, le conocía sobradamente y sabía cómo las gastaba) agredió en persona a Demades y le echó en cara a gritos su monstruosa ingratitud. El final de todo ello, si los rumores eran ciertos (no estaban del todo contrastados, pero resultaban bastante fiables) fue espantoso. Ante los ojos de Demades, atado como un saco, Casandro le mató un hijo, que era tan solo un niño; acto seguido berreó a los criados que se llevaran a ese desgraciado y lo ejecutaran. Una vida de comedia y un final trágico --pensó Demetrio, indeciso entre el horror y un cierto encogerse de hombros.

No tuvo mucha más suerte el impresentable Foción, que quedó como único árbitro superviviente del destino de Atenas --en la muy limitada medida en que los macedonios todavía consentían que Atenas tuviera un destino. Foción, un vejestorio que había sido más de cuarenta veces general de los atenienses: un hombre para toda ocasión, sin duda. Incorruptible, eso sí; a los bienpensantes les gusta llamarlo “Foción el Bueno”. Con el apoyo de las lanzas macedonias, Foción mostró su verdadera talla. Consintió que se estableciese una guarnición permanente en el Pireo, en Muniquia; y reformó la constitución ateniense, echando a la mitad de los ciudadanos. Éstos tuvieron que largarse a pedir limosna a lo largo y ancho de Grecia; incluso Antípatro, preocupado por posibles turbulencias, asentó a unos cuantos y les dio tierra para cultivar; bien lejos del Ática, eso sí. Demetrio, que ya muy poco tiempo después se vería obligado por las circunstancias -cómo decía él siempre- a llevar una política, en definitiva, no tan distinta, tomó buena nota de aquellos excesos y cuidó mucho de no repetirlos. Si una guarnición macedonia en Muniquia era algo inevitable (y, muy en el fondo, quizá no tan malo como todo eso), sería como mínimo conveniente entenderse con su capitoste, procurar que no estorbase demasiado. Que la presencia macedonia no fuese muy visible en la ciudad. Y en cuanto a la limitación del derecho de ciudadanía, era, evidentemente, una medida necesaria. ¿No la habían propugnado todos los grandes filósofos, también: Platón, Aristóteles, el mismísimo Teofrasto, tan apreciado por Demetrio? Pero era necesario eliminar sólo a los indeseables, los pobres de solemnidad, que nunca echan raíces en ninguna parte, los insolventes sin remedio; no hacía falta abrir en canal el cuerpo de la madre patria. Era necesario, por encima de todo, respetar las formas, no provocar gratuitamente a los atenienses. Las provocaciones, más valía dejarlas para la vida privada del líder, cuanto más aparatosamente desenfrenada, mejor. Los buenos ciudadanos de Atenas, siempre obsesionados por la moralidad de sus dirigentes, estarían de lo más ocupados hablando mal de él, y olvidarían los demás asuntos.

Gracias a estos sensatos principios, el protectorado de Demetrio sobre Atenas, una vez obtenida la imprescindible aquiescencia de Casandro (aunque, según afirmaban los opositores y los maldicientes, Casandro era de hecho quién lo había maquinado todo), duró sus buenos diez años, diez años que fueron como una balsa de aceite, muy distintos de los cuatro tristes años, llenos de barahúndas y espantos, del “buen Foción”. Cierto es que, tanto Demetrio como Foción, cuando les llegó la hora, tuvieron que abandonar el tablero; también es cierto que, tanto a uno como otro, les llegó la hora por la misma razón: las disensiones de sus amos macedonios, de ellos entre ellos. Si Foción se halló atrapado entre Casandro y otro aspirante a regente, a Demetrio lo expulsó del gobierno (y de Atenas) un homónimo suyo, otro Demetrio, llamado más adelante “Sitiador de Ciudades” (las sitiaba, pero no siempre las conquistaba), enemigo encarnizado de Casandro. Al fin y al cabo, sin embargo (pudo pensar Demetrio), haber mantenido una política de manga relativamente ancha siempre compensa, llegado el momento de abandonar el poder. Al “buen Foción”, una asamblea enfurecida de atenienses -reunida ilegalmente en el teatro: había muchos exiliados, y esclavos fugitivos, e incluso mujeres, según dijo más adelante la gente de orden- le condenó a muerte, entre insultos, obscenidades y blasfemias. La pobre gente le había odiado tanto que incluso el verdugo que le preparaba la cicuta le obligó a pagársela de su propio bolsillo: doce dracmas. En cambio, la evicción de Demetrio de Falero casi pareció un idilio. Cuando la gran escuadra del otro Demetrio apareció en el horizonte, incluso cuando entró en el Pireo, nadie hizo mucho caso. Más adelante, algunos dijeron haber pensado que se trataba de la escuadra de algún otro rey macedonio, aliado de Demetrio. Atenas entera bajó al puerto; y el futuro Sitiador de Ciudades les soltó un discurso que garantizaba la libertad de los atenienses y, ya puestos a prometer, de paso la de todos los griegos. El Falereo, encerrado con unos pocos incondicionales en la ciudad alta, decidió que, incluso si el otro Demetrio no tenía la intención de cumplir ninguna de sus promesas, como parecía probable, no quedaba más remedio que acogerle; más que nada, porque su escuadra ya estaba dentro del puerto. Hubo idas y venidas entre los dos Demetrios; al final, todos llegaron a la conclusión que un exilio honorable (en Tebas de Beocia, por ejemplo) era la mejor salida para todo el mundo, sobre todo para el gran hombre de Falero.

En Tebas, Demetrio vivió diez años --hasta que la muerte de su valedor Casandro frustró sus últimas esperanzas razonables de volver a Atenas. En Tebas empezó una segunda existencia, que iba a cerrarse, muchos años después, en Egipto, en una casa de campo cerca del Nilo. Esta segunda existencia fue consagrada sobre todo a la reflexión y el recuerdo; y también a la escritura, y a la erudición. Durante los primeros años, el gusanillo de la vida pública todavía lo roía, y compuso un alegato vindicativo de su decenio en el poder, un alegato largo y tedioso que poca gente leyó. También compuso muchas otras cosas, en particular un texto Sobre la Fortuna, que a pesar de una cierta acumulación de lugares comunes (o quizá gracias a ello), tuvo bastante éxito. Por encima de todo, leía a los grandes poetas antiguos. A Homero muy especialmente. Cuando todavía estaba en Atenas, y en el poder, Demetrio había promovido las recitaciones musicadas de La Ilíada y La Odisea en el teatro: una innovación que hizo fruncir el cejo a los puristas, pero que el gran público encontró deliciosa. Ahora, en el exilio, reducido al ostracismo y a la inoperancia, pensaba a menudo que los poetas, y Homero en especial, le ayudaban a reconciliarse con su suerte en mucha mayor medida que los sólidos y razonables principios ético-filosóficos aprendidos en el Liceo. Los poetas incluso le ayudaban a comprender un poco mejor a aquellos macedonios, brutales y sanguíneos, con quienes su buena o mala suerte le había obligado a tratar tan a menudo. Casandro mismo, por ejemplo. Algunos insinuaban que la brutal eliminación de Demades y su hijo (si en verdad las cosas habían tenido lugar tal y como se decía) no dejaba de reflejar una lectura demasiado literal, un ingenuo deslumbramiento con el Eurípides más truculento. Y desde la muerte de Alejandro, no había ningún otro capitoste macedonio tan entusiasta de los poemas homéricos como Casandro. Se los sabía prácticamente de memoria; algunos de sus cortesanos incluso afirmaban, entre obsequiosos y burlones, que los había copiado de cabo a rabo, de su puño y letra, y que se había hecho unos curiosos ejemplares personales.

Fue este amor de muchos dinastas macedonios por la poesía y la cultura griegas lo que provocó que la suerte de Demetrio diese su penúltimo tumbo. Cerca del Nilo, en la ciudad de Alejandro, el más astuto y taimado de los generales del conquistador, Ptolomeo, hijo de Lagos, se estaba construyendo un sólido dominio personal, que pronto sería un gran reino. Deslumbrado por todo lo que había visto, tanto en Grecia como en Oriente, Ptolomeo quería que su capital dispusiera de archivos centrales y de instalaciones culturales de novísima planta. Un lugar dónde reunir cuanto más conocimiento mejor; todos los conocimientos del mundo, si resultaba posible. Quería algo distinto, de mayor talla, a la altura de los tiempos. Para empezar, quería reunir un vasto caudal de libros. Hacía años que Ptolomeo mantenía contacto con el Liceo, el principal hervidero de estudios de la época. Había tentado a más de uno de sus estudiosos para que fuera a Alejandría, a hacerse cargo de aquellos ambiciosos proyectos. Pero hasta entonces, las propuestas y promesas del soberano no habían obtenido muchos resultados. Por fin, Ptolomeo invitó a Demetrio de Falero, antiguo alumno de la escuela, que ya empezaba a consumirse en Tebas. y Demetrio, desengañado de poder regresar jamás a Atenas, aceptó la invitación real con bastante entusiasmo.

En Alejandría, Demetrio fue casi feliz, sobre todo los primeros años. Ptolomeo era verdaderamente un gran hombre; muy distinto (pensaba ahora Demetrio, medio amodorrado, en la soledad de su porche cerca del Nilo) de su indigno hijo y sucesor, Filadelfo el incestuoso. Autodidacta, naturalmente (él no había tenido, como otros mozos macedonios más cercanos a Alejandro, el privilegio de asistir a las famosas clases de Aristóteles); pero tenía un gran conocimiento del mundo y de los hombres, no sólo de la guerra. También tenía una vasta curiosidad. Con las generosas sumas puestas a disposición suya, Demetrio empezó a acumular una gran colección de libros. Estaba convencido que la fama de esta colección les sobreviviría, tanto a él como a su amo. Pronto, al pasear por las salas y porches del palacio de Ptolomeo, todavía inacabado, y al contemplar en las paredes, los nichos y las estanterías (que él designaba ya por su nombre técnico, bibliothekai), dónde los rollos y las cajas de rollos empezaban a acumularse, Demetrio experimentó una satisfacción casi de propietario. Todavía se sentía más contento cuando sus colaboradores le informaban de algunas habladurías que empezaban a circular. Incluso la gente ruda e ignorante hacía referencia a la colección de libros con gran respeto. Explicaron a Demetrio que los súbditos de Ptolomeo que no tenían la suerte de ser ni griegos ni macedonios, ya hacían lo imposible para conseguir que sus relatos nacionales llegasen a formar parte algún día (¡traducidos al griego, naturalmente!) de aquella prestigiosa colección. Demetrio sonreía.

Hasta que la antigua tentación de meter las narices en los asuntos y decisiones de los grandes volvió a entrometerse en su camino --y esta vez, de manera irreparable. El papel de consejero áulico siempre le había gustado, a Demetrio. Animado por la buena cara que Ptolomeo le acostumbraba a mostrar, se arriesgó a dar consejos no solicitados sobre el delicadísimo asunto de la sucesión al trono. El soberano se limitó a escuchar las recomendaciones de su bibliotecario con una sonrisa de desprecio. Finalmente, su elección no coincidió con la del bibliotecario; el sucesor designado no fue el candidato de Demetrio, si no otro hermanastro más joven, más intrigante, y en definitiva más capaz (y que todavía no había dado a conocer su debilidad por su propia hermana). El nuevo heredero se tomó muy mal la intervención de Demetrio. Asociado al poder por su padre, obtuvo sin ninguna dificultad el cese del consejero indócil de todas sus funciones; y cuando, al morir el primer Ptolomeo, Ptolomeo II se convirtió en el amo absoluto, confinó a Demetrio de Falero en aquella granja cerca del Nilo, que tanto le deprimía.

* * * * *

Entregado a recuerdos y ensoñaciones, rememorando su agitada existencia, Demetrio se había amodorrado paulatinamente en el porche. Terminó por dormirse de veras, con el sueño típico de un viejo, inquieto y poco consistente. Bruscamente, dolorosamente, le despertó una punzada en la mano derecha, que había dejado colgando con indolencia. Lo primero que vio, una vez abiertos los ojos, fue la pequeña víbora, con las escamas de un gris rojizo y el hocico cornudo, que reptaba por el porche, a cuatro pasos de él. Por muy poco familiarizado que estuviera Demetrio con la flora y la fauna de aquel país (y eso incluía a todos los indígenas que no hablaran el griego), sabía perfectamente que, si aquella bestezuela le había mordido, le quedaba media hora de vida, más o menos. Demetrio sintió un ramalazo de pánico, seguido de un cierto oscurecimiento mental y de una lasitud infinita. No tuvo ánimo para nada, ni siquiera para llamar a alguien, y cayó en el aletargamiento. Al cabo de un instante, otra idea le desveló a medias, como un martillazo en la frente: aquella muerte, accidental y absurda, no le llegaba sin que Ptolomeo II lo hubiera querido. Aunque la memoria y el sentido le estaban abandonando a toda prisa, Demetrio tuvo tiempo de recordar a tantos políticos y pensadores griegos, eliminados todos ellos por dinastas macedonios: la ejecución de Himereo y la lengua cortada de Hipérides, el veneno de Demóstenes y el suplicio teatral de Demades. Y aquel final pseudo-socrático del ridículo Foción. Y también, casi el primero, Calístenes de Olinto, sobrino del gran Aristóteles, ejecutado por orden directa del rey Alejandro. Y también... también... Era muy, pero que muy injusto, que los macedonios siempre se salieran con la suya. Pero ese momento de irritación tampoco le duró mucho rato. “Cuando alguien recuerde al creador de la gran Biblioteca” -pensó, ya en la agonía- “probablemente imaginará que se suicidó”. Y se hundió en la gran indiferencia.

Créditos

autor Jaume Pòrtulas
ilustraciones de Carlos Ruiz y Josep Alcaraz
diseño y programación Jordi Colomer
traducción al aranés Ma José Fernández Anglada
traducción al castellano Ernest Riera
traducción al inglés Waltraud Ball
voces Lluis Freixes (català), Ma José Fernández Anglada (aranès), Javier Nieto (castellà) y Luna Sindín (anglès)
agradecimientos Catalunya Ràdio
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Ràdio Salt
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El bibliotecari i la mort by Jaume Pòrtulas ; Carlos Ruiz ; Josep Alcaraz ; Jordi Colomer ; Departament de Cultura i Mitjans de Comunicació
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